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martes, 2 de febrero de 2016

Descalza

El sonido de sus pasos marcaba el ritmo del silencio. Descalza, ligera, pálida gacela de mis sábanas. No existía jaula capaz de retenerla.

Ella.

Lo era todo y a la vez no era nada. No era una mujer normal, a veces me pregunto si alguna vez fue realmente humana. Se parecía más a un desastre natural, a una tormenta de esas que anuncian su llegada con un suave olor a tierra mojada. Ella anunciaba su presencia con la dulce fragancia del perfume caro, para luego descargar los relámpagos nacidos de su sonrisa.

Pero las tormentas nunca permanecen demasiado tiempo en el mismo lugar.

Siempre supe que era un alma libre, que no sería capaz de convencerla para que iluminara mi pobre habitación con su presencia un día más. Y a pesar de saberlo, decidí correr tras ella, empeñado en encontrar el inicio de su arcoíris.

Aprendí que no se puede perseguir al viento.

Mi torpe carrera no podía compararse con sus veloces y gráciles pisadas. Siempre ligera, siempre elegante, siempre asustadiza y esquiva como un gato arisco.

Siempre descalza.

El sonido de sus pasos marcaba el ritmo de mis latidos. Tropecé y caí, quedándome atrás. Noté que algo se movía cada vez más despacio en el interior de mi pecho.


Y mi corazón se paró.

viernes, 23 de octubre de 2015

Desvarío nº8 - Personas

No entendéis que una persona no es una cara, no es un color de pelo, no son unos ojos bonitos. No es una altura ni un peso. No es una forma de vestir.

Una persona es los libros que lee, las canciones que escucha, sus pensamientos, sus gustos, su mentalidad.

Somos un centenar de cosas. Pero la gente siempre verá ese otro millón de cosas que no eres.

jueves, 22 de octubre de 2015

Microrrelato nº2 (Fénix)

Cuando su carbonizado cuerpo tocó el suelo, el viento reunió las cenizas, convirtiéndolas en una nueva chispa de vida.

Y renació.

Desvarío nº7 - Efímera

La vida es efímera. Es el tiempo que tardamos en leer nuestro libro favorito. Es esa canción que comenzamos a escuchar a sabiendas de que terminará justo cuando empezamos a disfrutarla. Es el tiempo que pasa desde que el pétalo se desprende de la flor hasta que cae al suelo.

Un acantilado que se desgasta con cada golpe de mar...

Para el Universo nuestro paso por la vida es el ligero aleteo de una mariposa que no es consciente de que al día siguiente su existencia terminará. Cuando todos desaparezcan, nadie nos recordará.

Seremos como las hojas secas guardadas en libros, olvidadas por su dueño en el laberinto de páginas.

miércoles, 22 de abril de 2015

Microrrelato nº1 (Fría)

Sabía que sucumbiría bajo el hielo de su corazón. Aun así, me puse a la cola del fusilamiento con sentimientos vacíos.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Sin reflejo

Sabía que te encontraría aquí. Agazapada en una esquina, como gato asustado, tiritando… ¿Es frío o es miedo? Alzas tu hermoso rostro, pálido como la luna y escondido tras irregulares nubarrones de pecas. Un brillo salvaje en la mirada: ¿Es locura o es temor?
¿Tienes miedo de mí, ojos de gato? Una botella de whisky barato rueda hasta quedar a mis pies. Has bebido demasiado y no te acuerdas de mí. Ni siquiera te acuerdas de ti misma.

Eras escurridiza como una anguila, pero yo te seguía, y mi corazón brincaba de alegría cada vez que me dedicabas unos segundos de tu hermoso tiempo. Esas interminables noches en las calles de París, donde tú, bailarina de los sueños, encandilabas a cualquier hombre; un atisbo de sonrisa, un leve pestañeo y todos caían rendidos a tus pies. Pero tú hacías como que no te dabas cuenta y seguías hablando conmigo, haciéndome sentir dichoso por tenerte cerca de mí.
Niña curiosa, tu cantarina risa alejaba el dolor de mi cuerpo y mitigaba la melancolía de mi alma. Tu luz deslumbraba todo a tu alrededor, aunque tú nunca quisiste verla. Tenías miedo de tu rostro, de verte reflejada en la superficie de la cucharilla del café. Sentías pánico de los espejos, de ver a tu copia perfecta al otro lado del cristal. ¿Es que acaso esperabas encontrar otra cosa aparte de la doble perfección? Dime… ¿qué pasa por tu mente ahora?

Un rápido movimiento me hace desviar la mirada hacia tus manos, que sujetan algo oscuro y metálico: una pistola. Tu mirada se vacía de repente y alzas el arma con ambas manos, apuntándome, aunque mirando más allá de mi persona, atravesando la oscuridad que se cierne sobre nosotros. Dime… ¿qué piensas?

No considero la posibilidad de apartarme o huir, el mejor fin para mi existencia es aquel en el que te veo a ti. Ah, mírame, contagiado de tu locura, paralizado ante el ineludible destino. ¿Por qué no me miras? Tus dedos acarician el gatillo y tu mirada sigue fija, impidiéndome disfrutar de la perdición en el color de tus ojos. En ese caso, cerraré yo los míos, dispuesto a aceptar lo inevitable.

El sonido de un disparo retumba en mis oídos, al mismo tiempo que se escucha un ruido de cristales rotos. Abro los ojos asombrado y me giro para ver, con sorpresa, el antiguo espejo hecho añicos. Un pequeño fragmento reluciente sobrevive agarrado al marco. Reflejado en él, puedo atisbar la blancura de tu rostro sonriente, transformado por la locura y la embriaguez. Y ese destello en tus ojos, la indómita mirada ha regresado.


Ah, nunca podrás soportar la existencia de otra como tú.

miércoles, 23 de julio de 2014

Relato - La Casa de la Música

Este es para Ylenia, del blog Está lloviendo en Market Chipping. Es una pequeña iniciativa mía en Twitter, para obligarme a mí misma a seguir imaginando historias, porque me viene bien y sé que lo necesito.



Iria soñaba con una dulce melodía cuando los primeros rayos de sol atravesaron sus párpados, interrumpiendo el ligero sueño en el que se había visto envuelta tras el cansancio de la noche anterior. Desorientada, se incorporó y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la claridad. Había algo que no cuadraba, esa habitación no era la suya. “¿Acaso sigo soñando?” se preguntó. Las paredes se hallaban cubiertas por un papel de tonos morado y rosa pastel y el edredón iba a juego, decorado con un estampado de ositos y otros animales. Era, a todas luces, la habitación de una niña pequeña.

La muchacha salió de la cama y comprobó, para su sorpresa, que no llevaba puesto su viejo y anodino pijama gris, sino que este había sido sustituido por un fino camisón color medianoche con estrellas plateadas bordadas, imitando el firmamento nocturno.

“Si esto es un sueño, no parece nada malo”.

Una cantarina risa llegó hasta sus oídos, seguida por un pequeño resplandor que se materializó en la habitación, aumentando de intensidad hasta revelar la silueta de una niña, tan sólo definida por un contorno de brillantes partículas que tintineaban al chocar unas con otras. Parecía el sonido de mil campanitas de cristal.
“¿Quién eres tú?”, la voz, cálida e inocente, fue proyectada directamente hacia la mente de Iria que, al ver que aquella especie de espíritu no portaba malas intenciones, respondió con amabilidad. La sonrisa de la niña se ensanchó, provocando un hermoso sonido. “Yo me llamo Annie, bienvenida a la Casa de la Música”.
-¿Qué es exactamente este lugar? –preguntó Iria.

“Tan sólo sígueme”.

La silueta de Annie se difuminó, convirtiéndose en una masa indefinida de polvo brillante que comenzó a desplazarse hacia el exterior de la habitación. Multitud de preguntas bullían en la cabeza de Iria, pero decidió guardarlas para más adelante y seguir a aquella niña fantasma que brillaba con la luz de las estrellas.

Salieron a un pasillo de paredes color melocotón. El suelo era de madera oscura e Iria iba descalza, pero la melodía de Annie rompía el silencio del lugar. Descendieron por unas escaleras de caracol que desembocaban en una pequeña salita con una chimenea cuyo fuego era la única luz presente. El único mobiliario de la estancia eran dos sillones rojos sobre los que descansaban, desordenados, montones de partituras. En la penumbra de una esquina, un hombre anciano tocaba el violín pero, misteriosamente, ninguna nota llegaba a sus oídos. El hombre tenía los ojos cerrados y parecía escuchar lo que tocaba, pues su cuerpo se balanceaba al ritmo de la música que para Iria resultaba imposible de oír. La silueta de Annie, que había vuelto a materializarse, se detuvo a pocos pasos del hombre e indicó con un gesto a Iria que se acercara y guardara silencio. “Cierra los ojos y alza las manos”, susurró en su mente e Iria la obedeció. Gradualmente, y como si de una caricia se tratara, pequeñas figuras comenzaron a danzar entre sus manos, haciéndole cosquillas. De alguna manera, al entrar en contacto con ellas, Iria pudo “escuchar” la melodía del violín, aunque en realidad no oía nada, tan sólo lo sentía en su piel.
“Escuchar tan sólo es un comienzo. Este es el tacto de la música”, afirmó Annie.

Cuando la melodía terminó e Iria abrió los ojos, descubrió que los tenía llenos de lágrimas. Tal era el sentimiento que aquel tacto había despertado en ella. El hombrecillo, ajeno a la presencia de público, comenzó a tocar una nueva canción, pero Annie no tenía intención de quedarse más tiempo allí. Su resplandor guió a Iria hacia otra habitación de paredes moradas, vacía a excepción de un enorme arpa dorado colocado en el centro. Una melodía delicada y parsimoniosa era emitida por el instrumento, cuyas cuerdas se pulsaban solas. Después de lo experimentado en la habitación del violinista, Iria no se sorprendió demasiado. Annie sobrevoló la estancia provocando un sonido de campanillas que armonizaba perfectamente con la canción del arpa. “Ahora, inspira profundamente”. E Iria dejó que el aire entrara en sus pulmones. Al instante, un olor a tierra mojada invadió sus fosas nasales, mezclado con el aroma del chocolate caliente recién hecho.

-El olor de la música… -susurró Iria.

Pero su placer no duró mucho. De repente, un estruendo de cristales rotos interrumpió toda la magia. Las partículas que formaban el cuerpo de Annie cayeron al suelo, desparramándose en todas direcciones. El suelo comenzó a temblar y enormes grietas se abrieron en las paredes. Iria, paralizada por el pánico, sintió que algo tiraba muy fuertemente de ella. Todo se volvió negro.

Se despertó en su habitación con el estridente sonido del despertador. “Un hermoso sueño, lástima que se acabara tan pronto”.


No fue pequeña su sorpresa cuando, al mirarse en el espejo, descubrió que llevaba puesto un hermoso camisón de tela fina color medianoche, con estrellas plateadas bordadas, imitando el firmamento nocturno.

martes, 4 de marzo de 2014

Desvarío nº6

No quiero crecer, quiero quedarme eternamente en Nunca Jamás y volar por el cielo nocturno con Peter Pan. Surcar los mares en el Estrella de la Mañana y escuchar el tic-tac de un reloj.
Caer por un agujero que me lleve a Wonderland, perseguir a un conejo blanco… y tomar el té con un loco que dice ser sombrerero…
Entrar en el armario y descubrir un mundo nuevo. Caminar al lado del felino que lo creó con su aliento candente.
Luchar en batallas por la Tierra Media y poseer el Anillo tan codiciado.
Esperar en el andén 9 y ¾ la llegada del expreso que me llevará a una escuela muy peculiar.


Sé que esto no durará eternamente, el tiempo seguirá su curso inexorablemente. Lo único que tengo claro es que, mientras sigamos leyendo esos libros que marcaron nuestra infancia, aquel niño que fuimos siempre estará dentro de nosotros.

viernes, 18 de octubre de 2013

Desvarío nº5

¿Felicidad? ¿Qué es eso? ¿Crees que alguna vez llegaremos a ser felices plenamente?

Cuando consigas lo que quieres, siempre necesitarás algo más. Cuando alcances una meta te impondrás otra y siempre querrás llegar más allá. Estás condenado a estar eternamente insatisfecho contigo mismo.

Entonces… ¿por qué malgastar toda una vida en busca de la felicidad plena si nunca llegarás a alcanzarla?

Sé fiel a ti mismo y te irás encontrando con los pequeños trazos con los que la felicidad te premiará por seguir tu propio camino. Ese rastro te sabrá mucho mejor que la felicidad eterna, pues experimentarás el placer que supone haberlo conseguido sin haberlo buscado. Si te empeñas en buscar la felicidad a toda costa tan sólo obtendrás la infelicidad que supone la frustración.


Pues la felicidad siempre va un paso por delante de nosotros.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Desvarío nº4

Soledad, tu más fiel amigo. Siempre estará contigo cuando los demás te hayan abandonado.

domingo, 13 de octubre de 2013

Desvarío nº3

¿Encontrarás algún día el amor verdadero?

Me resulta muy desagradable tener que recoger tus pedacitos cada vez que alguien te destroza el corazón…


Dime una cosa: ¿Cuánto tiempo piensas seguir engañándote a ti mismo?














PD: me gustaría hacer un aviso sobre estos desvaríos, visto los comentarios que me habéis dejado en los anteriores. La mayoría de estos pequeños relatos no tienen que ver conmigo, simplemente imagino situaciones e intento plasmarlas en los Desvaríos. Lo digo por si acaso encontráis demasiada melancolía en ellos ;)

martes, 26 de marzo de 2013

Desvarío nº2


Un día tras otro la misma rutina de siempre, las mismas caras, los mismos gestos. Estoy cansada, cansada de las personas, cansada de caer una y otra vez en el mismo error con ellas. ¿Por qué darles tanas oportunidades? ¿Quién me las ha dado a mí?

En muchas ocasiones lo he dado todo por personas que nunca valieron la pena. Doy mucho sin esperar nada a cambio y me lo pagan con una traición, con la peor puñalada que podrían asestarme. ¿Por qué debería perdonarlos? Muchas veces he pensado que debería ser más dura con la gente y lo he intentado, pero… ¿por qué siempre hay alguien que consigue ablandarme? ¿Soy demasiado débil?

¿Por qué existen preguntas tan difíciles de contestar?

He decidido que no volveré a confiar en nadie, no abriré a nadie las puertas de mi fortaleza de cristal. Si intentan romperme, atacaré yo primero y serán ellos los que sufran las consecuencias de haberse acercado a mí.

Y si sufren… no seré yo la tonta que se preocupe por ellos.

martes, 19 de febrero de 2013

Desvarío nº1


Hay ciertas personas en esta vida que pasan por ella sin dejar rastro alguno; otras, sin embargo, avanzan pisando firme por ella. Pero siempre nos olvidamos de aquellas personas que, a pesar de poder llegar a lo más alto, se guardan su talento y se refugian en sí mismas, creando un pequeño muro entre ellas y la realidad. Son aquellos a los que tachamos de tímidos, raros o a los que simplemente discriminamos por ser diferentes.

Antes de juzgar a esas personas, deberíamos intentar conocerlas más a fondo, ir sorteando poco a poco los obstáculos que conforman su barrera contra el mundo, intentar comprenderlos.

Porque, pensadlo, lo último que os gustaría a vosotros sería sentiros incomprendidos.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Relato - El Sacrificio (Parte II)

Como regalito de Halloween os traigo la segunda parte del relato El Sacrificio. Para leer la primera parte click AQUÍ. Lo he escrito bastante rápido, así que si notáis algún fallito o algo que se pueda mejorar, no dudéis en avisarme ^^




 Notaba cómo se acercaban a mí. Unas manos desataron mis muñecas, pero las mantuvieron sujetas contra la fría piedra del altar. En ese momento el fuego volvió a llamear con fuerza y pude atisbar el destello de algo que caía sobre mí. Una punzada de dolor atravesó mi costado y la sangre comenzó a manar de la herida abierta.

Los que me sujetaban se apresuraron a inclinarme sobre un recipiente que iba recogiendo el preciado fluido que poco a poco escapaba por mis venas. El que parecía ser el líder se despojó de la oscura túnica que le cubría, dejando al descubierto el cuerpo arrugado y flácido de una persona anciana. La única parte de su cuerpo por la que parecía que no habían pasado los años era su cara, la de un joven de veintipocos años. Tomó el recipiente de manos de sus subordinados y lo volcó sobre su cabeza. El resto de encapuchados comenzó a entonar de nuevo el rítmico cántico, que ahora podía distinguir con claridad.

La sangre es la vida. Vive y muere por la sangre.

Ahora sí que tenía claro que estos tipos formaban algún tipo de secta satánica o algo parecido. El miedo atenazaba mi cuerpo y no podía hacer nada más aparte de observar atónito cómo el cuerpo del líder recuperaba el vigor y rejuvenecía cuando mi sangre entraba en contacto con su piel.

-¡No es suficiente! –gritó con una voz ronca y siseante que me heló la sangre-. ¡Tenemos que exprimirlo al máximo! ¡Llevadlo a la dama!

Este era mi fin, lo presentía en cada célula de mi cuerpo. Los encapuchados me arrastraron hacia una especie de sarcófago. Cuando lo abrieron, vi que su interior estaba plagado de espinas metálicas. Las fuerzas me habían abandonado, no podía resistirme y luchar; me soltaron como a un fardo de ropa dentro de la caja. El miedo también había huido de mí, no sentía absolutamente nada. Sólo resignación.

La puerta con espinas se cerró sobre mí y lo último que sentí fue el frío beso de aquella cruel doncella.

martes, 31 de julio de 2012

El sacrificio

Os traigo un pequeño relatito que se me ocurrió justamente ayer por la noche. Es un poco distinto de lo que suelo escribir... si queréis saber por qué lo tendréis que leer :P


Desperté justo cuando aquella preciosa mujer vestida de blanco se inclinaba sobre mí para depositar un beso en mis labios. Notaba las muñecas y los tobillos entumecidos, y al desperezarme pude comprobar que se hallaban inmovilizados. Estaba atado de pies y manos con gruesas correas de cuero negro, tumbado sobre una superficie de piedra un tanto incómoda. Alguien me había despojado de mis ropas, dejándome completamente desnudo. Levanté la cabeza para poder observar lo que me rodeaba.

 Una enorme pira ahuyentaba la oscuridad desde el centro de la estancia, sin ningún tipo de combustible que la sustentase. Numerosas cadenas colgaban de un techo irregular y una gran estrella de cinco puntas se alzaba en una pared, pintada con un tono rojizo que había resbalado dejando pequeños hilillos carmesí, que junto con las irregularidades de la pared le daban un aspecto descuidado. Justo al otro lado de la amplia sala había una mesa de madera muy vieja con grilletes oxidados anclados a sus patas. Desde la posición en la que me encontraba no podía observar mucho más; la luz de la hoguera hacía un doble trabajo: limitaba mi visión por su excesiva claridad y al mismo tiempo no me alcanzaba lo suficiente su luz, por lo que me hallaba envuelto en penumbra.

 Ahora llegaba la pregunta clave, o mejor dicho, las preguntas clave: ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Es esto algún tipo de castigo por mis malos actos?

 El silencio que me envolvía se vio interrumpido por un tenue aunque molesto zumbido que invadió mis oídos. La angustia, que se había instalado en mi interior desde que desperté, comenzó a aumentar a pasos agigantados, aderezada con una buena dosis de pánico. El zumbido crecía en intensidad, acompañado por una serie de golpes rítmicos que daban la impresión de estar aproximándose. Parecían voces entonando algún tipo de cántico… y se acercaban a mí. Aterrorizado, me revolví furiosamente para intentar liberarme de mis ataduras, pero sólo conseguí incrementar el dolor de mis extremidades.

 El sonido de una puerta al abrirse me puso sobre aviso. De repente, la luz del fuego desapareció con un chasquido y todo quedó envuelto en la más absoluta oscuridad.




¿Qué os ha parecido? Ahora viene la sorpresita... este relato puede continuar, todo depende de vosotros. Si queréis saber que le sucederá al personaje sólo tenéis que dejar un comentario en esta entrada y colgaré la segunda parte :)

Besos de dragón ^^

miércoles, 27 de junio de 2012

Reliquia: La mansión de Cristal

¡Hola dragoncetes! Os preguntaréis de qué va esto de la "reliquia". Pues se trata de un pequeño relato que he encontrado hurgando entre los archivos de mi ordenador. Si la memoria no me falla, lo escribí con unos 9 o 10 años y gané el segundo premio de un certamen de relatos. 
Os lo dejo. Como podréis ver, no es ni por asomo el mismo estilo de escritura que tengo ahora, pero se pueden notar pequeñas pinceladas que poco a poco se han ido perfilando hasta convertirse en mi forma de escribir actual. No seáis demasiado críticos con este relatito, pensad que tenía 9 añitos :P



Había una vez un pueblo llamado Cristal. Allí vivía Erika, una chica bastante alta y pelirroja. Sus  ojos eran de color azul hielo, tenía la  cara llena de pecas y su pelo crecía haciendo ondas y era muy largo. Vestía con una blusa blanca, pantalones vaqueros ajustados y unas botas color púrpura.
Cristal era un pueblo pequeño, con casas de una planta, calles anchas y muchas zonas verdes a su alrededor.

A Erika le gustaba mucho vivir en Cristal. Por las tardes asistía a la plaza para escuchar los cuentos y leyendas que allí contaba un anciano, Lucheno, del que no se sabía de donde era. Una tarde el anciano contó una leyenda distinta:

“A las afueras de Cristal hay una mansión, pero no una mansión cualquiera, en ella habita una bruja malvada. Todos los que entran en ella, no logran salir, pues, se dice que la bruja se los come”

Todos se quedaron sorprendidos y asustados a la vez, ¿una mansión en Cristal? En Cristal no había mansiones.
Pero Erika no se asustó, al revés, se alegró, le gustaban los misterios y decidió investigar sobre la mansión.
Un día, estando en la biblioteca, encontró dentro de un libro un plano de la mansión que había descrito Lucheno, y descubrió que estaba llena de habitaciones. No se lo dijo a nadie, y se llevó el plano.

Erika se había fijado en algunas mujeres que vivían en Cristal, no se paraban nunca para hablar y solo salían de casa para ir a comprar, solían tener los ojos enrojecidos y estaban muy tristes.

Un día le preguntó a su madre:
 -Mamá ¿por qué algunas mujeres están tan tristes?
 -Por que sus maridos se fueron a la mansión para intentar destruir a la bruja y no han vuelto. -le contestó.

Erika lo comprendió todo y siguió investigando, pero en los libros no decía nada sobre la casa.

Cada día iban más hombres a la mansión y no volvían. Unos niños que se acercaron hasta allí, también desaparecieron, y desde entonces las madres no dejaban salir a los niños por miedo a que les pasara lo mismo.

Erika, harta de no poder hacer nada por nadie, decidió ir a investigar a la mansión. Preparó una mochila que no pesara mucho, solo con lo necesario: agua, dos barritas energéticas, un poco de chocolate, ropa, una manta, una navaja y el plano de la mansión. Como estaba muy cansada, iría al día siguiente en cuanto amaneciera. Conectó la alarma del despertador y se durmió.
Cuando sonó el despertador, Erika cogió su mochila y salió de casa sin hacer ruido para que su madre no la oyera.
Llegó hasta la mansión y abrió la puerta. Todo estaba a oscuras, menos una vara luminosa. Erika se acercó con la navaja en la mano, pero se dio cuenta de que era un báculo, lo miró con cautela descubriendo una pequeña inscripción sobre él :

“Quien  logre coger este báculo sin escaldarse será digno de enfrentarse a la bestia que habita en esta casa y de liberar el tesoro que esconde”.

Erika se quedó extrañada.
-“¿No era una bruja?” pensó. –“Bueno voy a probar a coger ese báculo.”
Alargó la mano y lo tocó pero no se escaldó, sintió que una alegría le recorría por dentro, y agarró el báculo con las dos manos, de repente, notó una presencia detrás de ella, se dio la vuelta y vio que un zombi se abalanzaba sobre ella, dirigió  el báculo hacia él y pidió que le ayudara, como si adivinara sus pensamientos, el báculo empezó a centellear y un torrente de magia cayó sobre  el zombi. Erika se deshizo del cuerpo y en cuanto miró a su alrededor se dio cuenta de que más zombis la rodeaban, entonces, pidió al báculo que creara un torrente de magia circular y, el báculo, creo algo que parecía agua, que en cuanto tocó los cuerpos de los zombis, estos se desintegraron por completo.

Erika aprendió a manejar el báculo y, ayudada de su luz, sacó el plano de aquella mansión. Tenía que subir al siguiente piso por unas escaleras. Estuvo buscando por toda la habitación con ayuda de la luz del báculo hasta que descubrió unas escaleras escondidas detrás de un cuadro.
Subió por ellas y notó que una sombra se deslizaba por el aire a su lado. A la luz de báculo pudo ver a varios vampiros que la intentaban atacar. A una orden suya, el báculo empezó a brillar mucho, tanto que cegó a los vampiros y los mantuvo alejados. Erika ascendió hasta una habitación brevemente iluminada en la que había una bruja.
 -¿Cómo podré detener a esa bestia? –se dijo la bruja que no se había dado cuenta de que Erika la observaba.
 -Creo que yo te puedo ayudar –le dijo Erika.
La bruja dio un respingo cuando se dio cuenta de que Erika esta allí.
 -¿Cómo te llamas? – le preguntó
 - Erika, ¿y tú?
 -Me llamo Magic y soy una bruja. Veo que tú también tienes un báculo.
-Si –dijo Erika.
-¿De que elemento mágico es el tuyo?-le preguntó Magic.
-Es de agua-le contestó Erika.
-Pues el mío es de tierra.
-Oye, Magic, ¿la bestia tiene un báculo?-preguntó Erika.
-No, y si vienes a enfrentarte a ella te puedo ayudar.
-Vale, aquí tengo…
-No hace falta un plano-le dijo Magic como si adivinara sus pensamientos-vamos a teletransportarnos con ayuda de mi magia. Pero ten cuidado, la bestia es de fuego, aunque tu báculo sea de agua ella es más poderosa que tú.
-Vale-dijo Erika con un poco de miedo.
-Bueno,-dijo Magic-cuando cuente tres. Una, dos y… ¡tres!
Erika sintió que algo tiraba de ella hacia arriba y luego cayó sobre una habitación que parecía un pabellón.

-No te distraigas-le dijo Magic.
-Os estaba esperando- dijo la bestia que surgió de entre las sombras.
Erika vio que se trataba de una mezcla de un dragón y un lobo, lo conocía de un libro que había leído, era un dracolobo.
De repente el dracolobo descargó una llamarada sobre ellas. Erika reaccionó a tiempo y la magia del báculo la envolvió en un escudo azul de agua. Miró hacia Magic y vio que había hecho lo mismo que ella pero su escudo era marrón.

Con mucha fiereza, Erika  descargó su báculo contra el dracolobo, que aulló de dolor, pero se dio cuenta de que ni sus ataques de agua ni los ataques de tierra de Magic le hacían efecto. Ordenó al báculo que lanzara los ataques con más potencia, y eso mismo hizo Magic, pero los báculos no podían, pues, tenían una potencia limitada.
Entonces a Erika se le ocurrió una cosa:
-Magic!, si tus ataques no pueden solos contra el dracolobo y los míos tampoco, podemos probar con los dos báculos a la vez.
-¡Vale!-dijo Magic esquivando otro ataque  del dracolobo.
-¡A mi señal!-dijo Erika haciéndose oír por encima de los gritos del dracolobo.
-¡Ahora!
Los dos báculos liberaron un torrente de magia que, al mezclarse se volvió plateado y, al tocar a la bestia, ésta  se deshizo en mil pedazos.

Erika y Magic se abrazaron y gritaron de alegría. Vieron que detrás del dracolobo había una jaula en la que estaban los hombres y niños que habían desaparecido. Estaban sorprendidos y aclamaban a Erika y Magic.
 Debajo de ellos había un cofre, que Erika abrió y descubrió que estaba lleno de oro. Magic liberó a los hombres y los niños. Cuando estuvieron todos libres, Magic los teletransportó fuera de la mansión. Allí, Erika y Magic destruyeron la mansión para que nadie volviera a entrar en ella y los niños corrieron hacia el pueblo gritando:
-¡Erika y la bruja nos han liberado de la bestia!

Toda la gente salió de sus casas para aclamar a Erika y a Magic.
Erika divisó a su madre que tenía lágrimas en los ojos y la abrazó con fuerza.
-Mamá, ya no hay que tener miedo porque he matado a la bestia con ayuda de mi amiga Magic.
-Muy bien –dijo su madre respondiendo al abrazo.
Como Erika era muy generosa repartió el oro entre todos los habitantes de Cristal.


¿Qué os ha parecido? Besos de dragón ^^

lunes, 16 de abril de 2012

Melodía en la nieve


“Ya es invierno, cómo pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando escuché su risa por última vez”, pensó Zyke mientras miraba por la ventana, admirando la serenidad del bosque por la noche. El paisaje era sencillamente hermoso y tranquilizador. Los diminutos copos de nieve se posaban delicadamente sobre el suelo del bosque, cubriéndolo aun más con su blancura nívea. Los árboles, sumidos en su letargo invernal, parecían querer alcanzar los cristales helados que descendían por su lado.  A Zyke le transmitía serenidad la nieve, era la única cura para el dolor y la melancolía que desgarraban su corazón desde hacía un tiempo.
Ni siquiera el viejo piano de cola lograba atenuar su tristeza. Desde aquel suceso, el polvo, como si de oscuros copos de nieve se tratase, había ido cubriendo sus teclas. La guitarra eléctrica languidecía en el interior de su funda, suplicando el tacto de una púa sobre sus cuerdas. Pero no tenía sentido arrancarles acorde alguno, sonarían completamente vacíos. Sin ella nada tenía sentido, ella era lo que le daba color a su música y sentido a sus canciones.
Zyke suspiró, apoyando la cabeza en la otra mano. “Seguir adelante”, qué fácil es soltar esa frase para quedar bien. Pero lo difícil es ponerse en el lugar de esa persona que sufre, sentir su infinito dolor, palpar su tristeza, llorar sus lágrimas. “No tienen ni idea”.

El eco de una cantarina risa lo sacó de su ensimismamiento. Era su risa. “Alto Zyke, ella está muerta, no te hagas falsas ilusiones”. Volvió a oír la risa y su corazón se llenó de un sentimiento que creía perdido, encadenado en lo más profundo de su ser: la esperanza. No tenía nada que perder, no podía perder nada por averiguar a quién pertenecía esa hermosa risa. Se puso su antigua gabardina negra de cuero y salió al encuentro de la noche en el bosque. Miró hacia todos lados, intentando encontrar algún tipo de rastro. De repente pudo ver un resplandor fugaz que desapareció en dirección a lo más profundo del bosque y decidió seguirlo, aferrándose a ese reducto de esperanza que se había instalado en su corazón. Corriendo lo más rápido que pudo, llegó al lugar donde aquel resplandor había brillado, encendiendo la llama de su alma perdida. Un repentino parpadeo le reveló la figura transparente de una niña menuda de rizos color azabache y tez del color de la nieve. Sin poder contener el sentimiento que lo embargaba, Zyke cayó de rodillas sobre la nieve ante la etérea figura. No podía creerlo, era ella. Su amor, su inspiración, su luz, su vida… su hija. Intentó agarrar la fina tela de su camisón, pero sus dedos atravesaron la figura limpiamente sin tocarla.
-Papá… -susurró ella con una vocecita infantil y Zyke no pudo contener más sus lágrimas. Dejó que salieran y resbalaran dejando pequeños surcos húmedos en sus mejillas.
-Melody…
-Papá no llores. He venido para llevarte conmigo. Toma mi mano y te llevaré donde estaremos juntos para siempre –le tendió la translúcida mano con la palma extendida hacia arriba.
Hacía muchísimo frío. Zyke estaba seguro de que no podría levantarse aunque lo intentase mil veces. Sentía el cuerpo entumecido y apenas podía mover los brazos. Sin dudar, tomó la manita que le ofrecía su hija entre las suyas, y esta comenzó a entonar una delicada melodía con su aguda voz. Zyke la reconoció al instante, era la canción que compuso expresamente para ella y que le cantaba todos los días antes de dormir. La nieve había dejado de caer y la nana de Melody estaba llegando a su fin, fundiéndose con el susurro del gélido viento que soplaba entre los árboles, cuando Zyke se abandonó al frío de la noche.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Relato "Comesueños"

Angustia. Dolor. Miedo… Un olor. Olor a sangre, el olor de la muerte…

 No tengo ni idea de dónde me encuentro. Estoy sentada en la hierba de lo que parece un claro de un bosque envuelto en tinieblas. Por más que miro a mi alrededor, sólo veo árboles. Miro hacia arriba, pero no puedo vislumbrar el cielo. Las oscuras ramas de los árboles lo cubren todo, aunque intuyo que es de noche por la oscuridad que me rodea. Noto las piernas entumecidas, así que decido incorporarme. Tengo húmeda la parte trasera de mis pantalones debido al rocío de la hierba. Me adentro en el bosque a tientas; parece que según voy avanzando las ramas de los árboles se alargan hacia mí como tenebrosos brazos. Está demasiado oscuro, apenas veo nada. Voy tanteando con las manos los rugosos troncos de los árboles. Rozo sin querer una corteza dentada y comienzo a sentir un dolor punzante en la palma de la mano. “Mierda”, mascullo. Me he cortado. No puedo ver la longitud del corte debido a la oscuridad, pero sí puedo sentir el olor metálico de la sangre que gotea por mi mano. Oigo un ruido de hojas siendo aplastadas y miro hacia atrás. No sé por qué tengo la sensación de que algo me observa. Un escalofrío recorre mi espina dorsal, puedo sentir sus ojos clavados en mí. Inquieta, comienzo a caminar más deprisa, todo lo que me permite mi limitada visión. Siento que me está persiguiendo, pero por el momento no consigo oír nada. De repente, un chillido aterrador rasga el silencio de la noche. Asustada, comienzo a correr. Las ramas de los árboles se me enredan en el pelo y, como afiladas cuchillas, rasgan la tela de mis vaqueros y mi camiseta. ¡Eh, que era mi conjunto preferido!
No es tiempo de pensar en eso, tengo que escapar como sea.

Ahora sí puedo oírlo, sus pisadas en la hierba. Miro hacia atrás un instante, pero sólo consigo vislumbrar un par de ojos inyectados en sangre. Se está acercando a mí, puedo notar su aliento en mi nuca. Ordeno a mis piernas que sigan corriendo, no puedo parar. No sé qué pasaría si eso me atrapase; tampoco estoy dispuesta a quedarme para averiguarlo.

Justo cuando las fuerzas empiezan a fallarme, los árboles se dispersan y salgo a campo abierto. Eso ha dejado de perseguirme, puedo oír su aullido de frustración. Al parecer no puede salir del bosque. En otras circunstancias me habría burlado o habría hecho algún comentario gracioso, pero estoy demasiado asustada para atreverme a hacerlo. Mi respiración sigue agitada. Me doblo un poco hacia delante, apoyando las manos en mis rodillas, cierro los ojos y respiro hondo, hasta que mi respiración se normaliza. Cuento hasta diez y abro los ojos.

Me decido a avanzar por la árida llanura salpicada por algún matojo de hierbas secas. Dirijo la vista hacia el cielo nocturno, hay luna llena, pero no me produce tranquilidad alguna. Juraría que los cráteres son distintos a los de la Luna que yo conozco, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, nunca se me dio demasiado bien la astronomía.

Tengo que averiguar de una vez por todas dónde estoy, y cómo he llegado a este extraño lugar. ¿Quizás estoy soñando? Cierro los ojos y me pellizco el puente de la nariz, como hacen en las películas. Cuando abro los ojos, sigo viendo la misma triste llanura.

Vislumbro a lo lejos un pequeño conjunto de casas. Hay algunas luces encendidas y una de las chimeneas expulsa una columna de humo. Una chispa de esperanza se enciende en mi interior. A lo mejor la gente que vive allí puede decirme dónde estoy. Las alarmas de mi subconsciente me alertan: si había algo en el bosque dispuesto, en el mejor de los casos, a acabar conmigo; ¿cómo puedo saber si los inquilinos de esas casas no serán algo peor? Podría ser cierto…o no. Por el momento son mi única esperanza, así que me dirijo hacia el pequeño pueblo.



Me gustaría poder ver en un espejo la cara de tonta que se me ha quedado al llegar allí. Las casas aparentemente habitadas que había visto a lo lejos…no están por ninguna parte. En su lugar hay un puñado de casas semiderruidas; muchas de ellas parecen estar a punto de derrumbarse. Genial, he depositado mis esperanzas en un espejismo. Parece ser que estoy en lo que llaman “pueblo fantasma”. Avanzo un poco por las calles, observando todo a mi alrededor. Me sobresalto al ver por el rabillo del ojo un movimiento a mi derecha, pero sólo se trata de una mugrienta cortina rasgada que se ha movido debido a una ráfaga de viento. En sus buenos tiempos debería de haber sido blanca. “Un momento”, me digo a mí misma, obligándome a parar. Desde que he llegado al pueblo no he notado ni una brizna de viento, ni una pequeña brisa, nada. Es más, esto está envuelto en un silencio que podría cortarse con un cuchillo. Entonces… ¿cómo ha podido moverse la cortina? Este lugar comienza a darme mala espina.

De repente, una tenue melodía invade mis oídos. En otra ocasión la habría considerado preciosa, pero ahora lo único que consigue es añadir una atmósfera más inquietante al lugar. Parece venir de un pequeño local que en sus buenos tiempos podría haber sido un bar, o más bien una taberna. Algo me dice que no me acerque ni un paso más, pero soy de naturaleza curiosa, siempre lo he sido, así que la curiosidad se impone sobre mi sentido común y me acerco al edificio.

En la fachada principal hay una puerta de entrada similar a las que salen en los bares de las películas de cowboys que le gusta ver a mi abuelo. Los cristales de las ventanas están hechos añicos y los pocos que quedan intactos parecen no haber sido limpiados en varios años.

Ahora sí puedo oír la música con claridad, estoy segurísima de que viene de ahí dentro. Con paso un poco titubeante me adentro en el local. Las bisagras de la doble puerta chirrían a mi paso. El interior se halla en vuelto en penumbras, pero puedo distinguir bien las siluetas de los objetos. Está completamente en ruinas, parece que hubiera pasado un ciclón por aquí dentro: mesas y sillas rotas, volcadas, botellas por el suelo, trozos de cristal… En una de las paredes hay un retrato rodeado por un bonito marco de flores. Mis pasos hacen crujir la madera del suelo cuando me acerco para verlo mejor.

Una muchacha de entre diez y doce años me devuelve la mirada. No, corrijo, me taladra con la mirada. Su pelo, negro como el carbón más puro, contrasta notablemente con la palidez de su rostro, y sus ojos… sus ojos son como dos pozos sin fondo en los que no me gustaría caer. El retrato tiene algo que me inquieta, pero no consigo distinguir el qué. En la esquina inferior derecha hay un nombre escrito; acerco la cara para poder leerlo.



MAEVE

La caligrafía parece la de una niña pequeña. Podría ser el nombre de la chica del retrato, no lo sé. Primero quiero averiguar de dónde sale la música.

No tengo que ir muy lejos para averiguarlo, a mi espalda, apoyado en la pared opuesta a la del retrato, se halla el artífice de tan extraña melodía: un pequeño piano desvencijado. Lo más curioso es que sus teclas se mueven solas, pulsadas por una mano invisible. Mi subconsciente me grita que huya de allí, que no me acerque ni un solo paso más, pero desobedezco sus indicaciones y me aproximo al instrumento para verlo mejor.

De repente, una risita malévola a mi espalda me sobresalta y me hace mirar hacia atrás. Para mi sorpresa, el retrato de la niña ha desaparecido. No puedo más, esto me supera. Seguro que estoy siendo víctima de alguna broma pesada. Miro a mi alrededor buscando algún tipo de cámara oculta. Nada. Vuelvo a oír otra vez la risa, pero esta vez también susurra mi nombre “Chantal…Chantal…”. El piano ha dejado de sonar. Salgo corriendo del local y me asomo justo a tiempo para ver a una sombra escabulléndose hacia la parte trasera del edificio. La sigo con paso ligero por una calle oscura que desemboca… en un cementerio. Las lápidas están colocadas sin seguir ningún tipo de orden, por lo que en algunas zonas se hallan apiñadas y en otras apenas hay. En el centro de todo, hay una estatua de un ángel. Su rostro, de una belleza sobrehumana, está congelado en un rictus de dolor.

Alrededor de la estatua se enroscan los tallos de un rosal. Qué extraño, sus rosas son de color negro. Algo me atrae hacia ellas. Incapaz de resistirme a su encanto, me acerco y rozo con los dedos la aterciopelada superficie de una de las rosas. De repente, como si de un tentáculo se tratase, uno de los tallos espinosos aprisiona mi tobillo y me hace caer al suelo. Otros tres tallos me agarran las muñecas y el otro tobillo. Sus espinas atraviesan mi piel, produciéndome un enorme dolor. La sangre mana de las heridas abiertas. Me retuerzo intentando liberarme de mis ataduras, pero sólo consigo que las espinas se claven más en mi piel.

Oigo otra vez la risita. Una figura se acerca a mí. Su rostro me resulta familiar…claro, es la niña del retrato. Va ataviada con un vestido color escarlata como el que llevaban las doncellas de la Edad Media. Su pelo está recogido en la nuca en forma de un intricado moño y lleva las manos enfundadas en unos guantes de rejilla con los dedos al descubierto. Sus uñas están pintadas de negro. Clava sus ojos en mí y siento cómo se introduce en mi mente, hurgando en mis recuerdos. Lucho por permanecer consciente. “¿Quién eres…?”, consigo murmurar a duras penas. La niña suelta una risita espeluznante: “Yo soy Maeve”. Alarga la mano hacia una de las rosas negras, la coge con delicadeza y la acerca a mi nariz. Tiene un olor muy dulzón y penetrante. La vista se me nubla y las fuerzas comienzan a abandonarme. Me mantengo consciente el tiempo justo para ver cómo las dulces facciones de la niña se transforman dando lugar a una cara de belleza sobrehumana y letal, como la cara del ángel de la estatua. Me parece entrever una hilera de dientes afilados entre sus labios. Luego, mi cabeza cae inerte hacia un lado mientras todo se vuelve negro.



Tan sólo queda un olor: sangre… El olor de la muerte.





*                      *                      *





Las paredes color carmesí de la habitación estaban decoradas con todo tipo de crucifijos, imágenes de vampiros y recortes de revistas de Halloween. En las estanterías se podían apreciar todo tipo de novelas góticas. En el centro de la habitación, tendida sobre una cama de sábanas negras, se hallaba una muchacha de tez pálida; probablemente la dueña de la habitación. Sus ojos estaban cerrados. A un lado de la cama se encontraban sus padres, que la observaban con la preocupación pintada en el rostro mientras un hombre la tomaba el pulso.

-¿Ha averiguado qué le ocurre a mi hija, doctor? –preguntó la madre con ojos llorosos. El médico negó con la cabeza.

-No me había encontrado con nada parecido en toda mi carrera como médico.

-¿Y no sabe cuándo despertará?

-No podemos saberlo –salió de la habitación cabizbajo-. No podemos saberlo…

La mujer se echó a llorar, mientras su marido la agarraba por el brazo y la ayudaba a salir de la habitación. Cerró la puerta tras ellos dejando la habitación a oscuras.

De repente, los grisáceos ojos de la joven se abrieron. Se incorporó lentamente, observándolo todo a su alrededor. Ella no necesitaba luz para ver. Esbozó una sonrisa aterradora. Su vestimenta comenzó a cambiar, dando lugar a un espléndido vestido carmesí. Sus labios se colorearon de rojo. Soltó una risita espeluznante que dejó al descubierto una hilera de afilados dientes. Con una inusitada agilidad se encaramó a la ventana abierta y saltó al exterior, fundiéndose con las sombras de la noche.